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3 de Julio 2014
¿Un futuro de la lectura electrónica sin el e-reader?

 
Los medios especializados recogen estos días varias noticias en las que se pone en duda el futuro de los lectores de libros electrónicos o e-readers. Desde hace un tiempo las ventas de e-readers disminuyen y se espera que esta tendencia continúe. La cuestión es que existen otros dispositivos, smartphones y tabletas, que permiten la lectura de libros electrónicos y hay mucha gente que no está dispuesta a adquirir un nuevo cacharro sólo para leer.
 
Todd Wasserman, quien ha originado este debate, llamaba la atención en Mashable sobre cómo los grandes fabricantes de e-readers están moviendo fichas para cambiar de negocio: Amazon ha anunciado recientemente su Fire Phone y Barnes & Noble Barnes ha revelado sus planes para externalizar la división encargada del Nook. Y es que los beneficios por las ventas de este último dispositivo han caído un 22 por ciento respecto al año anterior.
 
La desaparición de los e-readers supondría una mala noticia para la industria del libro, opina Kevin Roose, redactor del New York Magazine, porque permiten la lectura inmersiva, sin distracciones, y eso es lo que hace que los lectores de libros electrónicos compren más libros. Pero también sería una mala noticia para los lectores en general por el mismo motivo: ¿cómo afectaría a los hábitos de lectura y a nuestra forma de leer? Por otra parte, supondría una baza más a favor del libro en papel, lastrando la industria de los contenidos electrónicos.
 
Este proceso de canibalización de un dispositivo por parte de otros ya se ha producido anteriormente en sectores como la música y la fotografía: los reproductores de música ya no son tan frecuentes en la calle y cada vez hay más gente que prescinde de la cámara de fotos porque ya lleva una en su smartphone. Al e-reader le espera el mismo futuro que a los reproductores de música, opina Wasserman: sobrevivir en un nicho de mercado muy concreto, que en este caso sería el de los grandes lectores, aquellos que leen varios libros al año y para quienes sí resulta rentable adquirir un dispositivo más sólo para leer.
 
Es una mala noticia pensar que el libro electrónico se convierta en una app más entre todas las que tenemos instaladas en el smartphone o la tableta, opina Roose, perdiendo protagonismo. Durante la jornada "Conversaciones líquidas entre editores y bibliotecarios", Javier Valbuena ya especulaba sobre la idea de que el libro pueda convertirse en una industria subsidiaria de otras. Y ponía el ejemplo de las compañías que regalan contenidos (ebooks) como un valor añadido a sus servicios. La experiencia del mundo de la música nos dice que la gente sigue escuchando música, sea cual sea el formato y la forma de acceso, y no se ha perdido interés por ella y cabe pensar que con el libro suceda lo mismo. Pero aún cabe la duda de si la ausencia física pueda afectar a la visibilidad de la lectura en el caso concreto del libro.
 
Quizás todo esto sean elucubraciones de la industria, pero independientemente de ello parece indudable que la lectura está situándose en un territorio que obliga a los mediadores y a los lectores a pensar en un ecosistema multidispositivo, después de haber asumido una realidad con múltiples soportes. Quizá esta sea una oportunidad para dejar de pensar en dispositivos y centrarnos en lo que de verdad importa, los contenidos. 








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